¿De verdad tienes que hacerlo?

  

A lo largo de nuestra vida hemos recibido muchas instrucciones con el formato “tienes que hacer” esto o lo otro. Sobre todo en la infancia, con esta expresión nos pedían hacer, no lo que queríamos, sino lo que querían los adultos que nos rodeaban. Nos hacían posponer o reprimir aquello que nos pedía nuestra curiosidad por otras cosas que, muchas veces, no entendíamos porqué eran más importantes que nuestros deseos o necesidades. Pero, los adultos nos imponían su normas y nosotros, dependientes de ellos, no teníamos más remedio que obedecerles. Debido a ello, esta expresión ha creado en nosotros una especie de repulsa automática a lo que nos piden. O a lo que nos decimos a nosotros mismos si la usamos, como por ejemplo, cuando nos decimos “tengo que hacer dieta”. En el tienes que, hay un sentido implícito de obligación por el que sentimos un rechazo instintivo. No es, por tanto, la mejor fórmula para motivarnos a hacer algo. Existen otras que vamos a ver y que podemos usar en su lugar.

 

Cambiar a “voy a hacer“, consigue que desaparezca ese significado de obligación al enfocarse más en la acción. Sin embargo, es neutra en cierta medida, y no expresa de donde proviene la iniciativa.

 

Otra fórmula es “quiero hacer”, que tampoco genera rechazo e indica que es una preferencia personal. El problema es que fomenta menos la acción que la anterior, pues parece sólo un deseo, con lo cual se vuelve algo pasiva.

 

Con mucho, la mejor que podemos usar es “Tengo la oportunidad de”. ¡Es, sencillamente, genial! No sólo no hay rechazo, sino que implica un deseo de acción inmediata. Surgiere que esta situación, sea la que sea o lo que parezca a primera vista, es un caso de buena suerte. Sientes como que te anima a hacerlo ya, para no dejar pasar la ocasión.

 

Puedes hacer la prueba y escribir en un papel la misma acción que quieres o debes realizar, usando las fórmulas descritas. Empieza desde la primera, “tienes que hacer”, hasta la última. Coge cada una, la escribes y la dices en voz alta, de forma consciente, mientras observas cuáles son tus reacciones corporales a ella. ¿Cómo te hace sentir? ¿Te motiva a realizar la acción? ¿Más o menos que las demás? Luego, quédate con aquella que sientes que te pone en marcha con más facilidad y úsala a menudo.

 

  


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